Crossfit es para boludos
—Todos los que hacen crossfit se rompen. Crossfit es para boludos.
Me lo dijo Pablo en una juntada, mientras hablábamos de hábitos saludables y de qué hacía cada uno para comer una molleja más sin sentirnos culpables.
En 2016 yo vivía con mis viejos. A cuatro cuadras de casa, en avenida La Plata, habían abierto un gimnasio de crossfit.
Fui a probarlo.
Hablé con la recepcionista. La cuota salía setecientos pesos y estaban ofreciendo una clase de prueba que arrancaba en ese momento. Dije que sí.
Adentro me recibió un entrenador de piel morena con anteojos de sol negros como los que usan los militares en las películas de Hollywood. Algo así como un Jon Secada pasado de esteroides.
—La entrada en calor son 5 burpees, 5 push ups y 15 air squats.
Inglés entendía, chino no. Ese señor me había hablado en el segundo idioma. Me mostró todos los ejercicios y, más allá de los hombres hercúleos y las mujeres afrodisíacas, yo solo me podía concentrar en una sola cosa: en el pezón que se le escapaba al instructor por usar una musculosa más grande que su talle.
Empecé con la entrada en calor y venía todo bien. Yo tenía buen estado físico. Con diecinueve años, aire tenía de sobra. En esa época jugaba al fútbol con amigos al menos una vez por semana, así que la entrada en calor fue fácil.
Después vino un tal «bloque de fuerza»: al parecer acá tenés que tratar de levantar un camión con el cuerpo. Ese ya me costó más, porque en el gimnasio yo no hacía muchas sentadillas con peso. Casualmente, el día que me tocaba hacer piernas llovía, había algún desastre natural, moría alguien que conocía o me tenía que quedar trabajando de más.
Ya cansado y con ganas de irme, apareció un bloque nuevo. Un tal «guod». Consistía en hacer todos los ejercicios anteriores, pero contra un tiempo límite. Te lleva a un estado que yo solo había sentido una vez: el día que tenía que ir al baño de emergencia y estaba en el bondi, a muchas paradas de mi casa pero no tantas como para bajarme. Ese limbo espiritual en el que no sabía qué hacer y transpiraba desesperado.
Terminé como pude, pero terminé. Había logrado mi primera victoria en el crossfit y ya me podía considerar un boludo. Antes lo creía, ahora me lo había ganado.
En ese lugar duré seis semanas, hasta que pasó lo que tenía que pasar.
Yo sabía que piernas no tenía que hacer, el mundo me lo gritaba, y, sin embargo, en una estocada con peso sentí un pinchazo en la rodilla. Criado a pocos estudios médicos por año, decidí no ir al médico y aguantármelo.
Trabajaba en el centro. Estaba en 9 de Julio y tenía que cruzar hasta la otra punta porque no quería esperar un segundo más en esa bendita avenida. Empezó a titilar el hombre rojo y supe que tenía que hacer un pique. Me preparé, levanté la pierna y en cuanto apoyé en el cemento, ese pinchazo volvió.
Kinesiólogo. Veredicto: tendinitis rotuliana. Kinesiología inútil, no se me recuperaba. Ya no podía entrenar. Mi mamá me dijo que conocía a uno que hacía acupuntura. Fui.
Pensaba que me iba a atender un chino con sentimientos reprimidos de sadomasoquismo. No. Me atendió un kinesiólogo joven y me insertó agujas en el tendón.
—Gané, no me dolieron los pinchazos —dije.
Lo que dolía era la electricidad que te pasan a través de las agujas. Fui dos o tres veces más, sin esperanzas, porque nada me había sacado el dolor. Funcionó. El dolor se fue. Pero aprendí una lección: «el crossfit es para boludos».
A partir de ahí me dediqué a ir al «gimnasio de máquinas». Tres veces por semana fuerza, dos veces correr. Era soltero y podía hacerlo. Tenía ganas de hacerlo.
En 2019 me puse de novio. Ya no tenía tanto tiempo para mi otra rutina, ni ganas. Así que Cami insistió en que probara clases otra vez.
—Es una horita y te sacás entrenar de encima.
Y yo, que había aprendido mi lección, que había pasado por el tratamiento del dolor de la acupuntura con electricidad, que había tratado de correr por 9 de Julio pero tenía el tendón tan inflamado que ni eso podía… paso por Monteagudo, frente al Parque Patricios, y veo nuevamente: un gimnasio de crossfit.
Entré. Misma modalidad, clase de prueba.
Esta vez no me sorprendió nada. Sabía lo que era un burpee, sabía que el bloque de fuerza iba a ser el peor momento y sabía el minuto exacto en el que iba a querer irme. Terminé igual de destruido que en 2016, pero sin la excusa de no saber.
Le dije a Cami que probaba un mes y veía. Por ella.
Las chicas no me saludaban. Nadie me saludaba, aunque yo saludara a todos. Tardé un mes en aprenderme un nombre y tres en que alguien se aprendiera el mío. Les dije que me dijeran Banche. Hoy todo el mundo me llama Juancito.
El idioma extraterrestre se sigue actualizando y yo lo fui aprendiendo. En una cena con Cami le conté que el jueves había hecho un WOD y que por fin me habían salido los «bar muscle up». Nadie preguntó nada. Me pasó la sal.
Al militar ahora le digo profe. Grita que puedo más. Grita que le ponga más peso a la barra. Me duele todo, quiero parar, y grita que faltan ocho repeticiones. Estoy tan transpirado que se me caen las gotas al piso y tengo ganas de vomitar la merienda. Y le hago caso. Y puedo más.
La música es pop punk de los 90 a un volumen que no te deja escuchar tus propios pensamientos. Una hora por día sin escuchar mis propios pensamientos.
Las compras. Calleras, porque terminaba con las manos llenas de sangre. Una soga propia, porque la de ahí «no era mi medida». Todo para llegar mejor preparado a una hora por día de tortura.
Pablo se volvió runner. Dice que está mejor que nunca, tiene aire, está flaco, come bien, armó un grupo que sale a correr los domingos. Le empezó a molestar una rodilla y fue al médico. Pablo sí fue al médico.
No puede correr más en cemento.
Todos los que hacen crossfit se rompen. Crossfit es para boludos. Mañana a las siete tengo clase.